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| El vuelo no te hace inmune a los temblores y a los nervios |
Tembló hoy en la mañana, y tiembla desde que tengo recuerdos.
Estaba oyendo a mis papás darle de comer a mis hermanos, mientras yo, ahí seguía, sin nacer aún. Eran las 10h30 de la mañana hora de humanos, fue 11 años antes del Baktún Maya. Lo sé porque lo escuché y porque luego me contaron, lo escuchaba mencionar en las reuniones de paloma. El relato de los terremotos en San Salvador, en retrospectiva, ubicado en el tiempo.
¿Qué es el baktún?, me preguntaba, siendo una paloma, así se llamará mi pico cuando nazca o así les dicen a mis cagadas.
Es culpa de mis padres, que por lo que alcancé a oír estaban debatiendo acerca de este inevitable fin, o por lo menos eso entendía, mientras mis hermanos comían. Mis hermanos consentidos y apapachados, hasta que nací yo. Pero esa es otra historia, una acerca de las ventajas de ser el menor, que dejaré para otro día. Ahora no vamos a hablar de cómo me hice consentido.
La capa blanca que me tapaba, que me tenía guardado de un mundo que se definía en sombras, picos, y uno que otro temblor, se estaba abriendo. Curioso: sentía una levedad, y mi corazón parecía como si iba hacia mi garganta. Saliendo de un mundo a otro.
"Guakurururur murururmu” gritaban mis papás paloma en, adivinaron, idioma paloma.
En eso, sentí vibraciones jamás antes sentidas, distintas a los temblores y sacudidas que luego aprendí son parte intrínseca de mi especie. Largo, en crescendo: sentí, lo viví, esa sacudida sin precedente que hizo que cayera el nido del poste de electricidad en una zona residencial de San Salvador (cerca de donde amanecí muerto).
Vi a un niña rubia corriendo con un libro, y, a otra junto a ella sosteniendo una secadora de pelo, (imagino que era su hermana, no sé, digo quizás porque la interacción entre ellas era comparable a cómo uno entre palomas hermanas se picotean y se quitan la comida). Lo que saqué de esa escena es que estaban huyendo de sus casas. Ingratos, no saben que un nido es más frágil, y nosotros no huimos. Reconstruimos.
No sabía dónde estaba mi papá o mamá paloma, las hojas caían, por primera vez sentí el calor del asfalto, me quemaba. Y es que, mis ojos, no se fueron por la ruta de la normalidad y se abrieron más gracias a pedazos de tierra y piedras. Mamá y papá paloma, todavía, no aparecían.
Después, a varios pocos metros de mí, pasó un carro y también un sonido, una mujer que decía: nothing is gonna change my world...
...
¿Este era el mundo afuera de la capa blanca? ¿Esto era a lo que venía? ¿A quemarme en una calle y morir, quizás, pateado o atropellado? ¿Por qué putas vine al mundo? ¿por qué putas no puedo volar?, me preguntaba en el segundo en que la música paró y el temblor siguió.
Minutos después de haber nacido, yo ya sabía que me esperaba una vida absurda, que me iba a llevar a hacerme preguntas sin objetivo alguno más que, a veces, el placer de perder el tiempo. No esperen que le hable de arcoirises y belleza natural, no. Mi caída al asfalto, pérdida de sentido de orientación, choque cultural, abandono, y breve refugio en música de los sesentas, me condiciona de por vida.
San Salvador, mon amour
Alrededor de mí, la calle, los gritos y el desvergue sin sentido. Alrededor de mí un mar de cagadas de paloma, y, a lo lejos, alguien como yo: tirado y sin esperanzas de poder volar. ¿Habrá sido mi hermano? ¿Habrá sido mi mamá paloma? ¿Habrá sido una visión posnacimiento traumático? Shit is getting dark.
Estado de alerta. Estado de emergencia. Fueron dos terremotos ese año. Pero nadie te habla de la comunidad de las palomas. Nadie dice cómo afectó a las nuevas generaciones de mi especie que así entraron al mundo, cuestionándose. Nadie habla de la disparidad entre uno que conoce los efectos de un terremoto y los humanos que se alborotan cuando tiembla, así sea un poquito, como esta mañana. Deben entender, amigos lectores humanos, que esta zona es sísmica, que hay fallas y volcanes, y que nada es permanente.
No quiero dejar de decir que, después del temblor, hubo un silencio que entraba por mis ojos. Y, la verdad, no puedo describirlo con palabras, pero a lo más que puedo llegar es presentarlo como una paz, una armonía de las cosas al moverse sin sentido, y la capacidad que tiene todo el universo de darte ese tiempo de reflexión interna después de un infierno epiléptico.
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| Hay que huir de lo mundano |